sábado 29 de octubre de 2011


Pizarnik: Un jardín que sonríe

 

Alejandra Pizarnik es un nombre de mujer con el que la poesía en lengua castellana se ha pintado los labios, y se ha ataviado con aquel perfume que persiste en su influencia. Leer sus libros, llamar a las aldabas de sus puertas, no es algo de lo que uno pueda salir indemne o sin claras huellas en el alma. Vale la pena y la alegría. El que se tome el trabajo encontrará las llaves del jardín, en el fondo de su voz como una música -ebria de luz lila- hay un jardín que sonríe.
Emplumando sus pájaros sin jaula, puso en vuelo sus poemas, sus diarios o los escritos en prosa, alguna pieza de teatro y los textos de humor… Toda esa letra escrita como salvada de un naufragio con sus voces clamando, semejan una intemperie construida palabra a palabra, tallando y detallando el silencio; dibujando el amor y el dolor ante la vida con uno de esos lápices -color de exaltación- que ella atesoraba o regalaba.
Leer a Pizarnik es verla encender los talismanes y cómo los ofrece al que acaricie con su mirada ese universo de convulsas pasiones, esas constelaciones de su letra pequeña, como un caminito de migas de pan, asustadas por las hormigas de la noche. Aunque como escribió Enrique Molina: “ese hilo de su voz escrita con toda su levedad, no se borrará nunca, ya que es uno de los hilos luminosos para entrar y salir del laberinto”.
Ella es una equilibrista del abismo, que se pasea por las letras y las deja temblando, que baila y hace homenajes al silencio, o inventa una geometría del silencio y le restituye su prestigio hechizante, o le infunde una dinastía de soles hasta obligarlo a hacer ruido, a traducirse en palabras.

Hace algún tiempo, en la lectura de una antología de poetas suicidas, tropecé con una carta que ella enviaba a su amigo Antonio Fernández Molina, que se encontraba en aquel verano de 1967 a orillas del Mediterráneo. Me emocionó ver cómo le decía: “Acaso pudiéramos hacer un arreglo: yo te cedo mi departamento de B. Aires y tú me das el tuyo de Barcelona, con lo cual prescindimos de la tristeza de los hoteles. Sin embargo me reclama un lugar como, por ejemplo, Ibiza. Supongo que 6 meses confinada allí, me llevarían, tal vez, a escribir poemas menos amargos.”

Eso no ocurrió nunca, Alejandra murió pocos años más tarde. Puede que se extraviara en la neblina del insomnio conjugando fantasmas que se caían del tiempo. O que su pluma fuera bebiendo un cruel color tiniebla. Tal vez fue porque los que llegaban no la encontraron, y los que ella esperaba no existían. Tal vez por no saber olvidar, o porque lo había escrito tantas veces que se lo fue creyendo, lo había anunciado con magistral transparencia: “El suicidio determina, un cuchillo sin hoja al que le falta el mango”.
Y sin embargo ella también escribe como una enredadera de estrellas florecidas. Como una Alicia que soplara desde un lejano país, desde el tragaluz de un sueño, una sucesión de burbujas del Bosco, otra extracción de la piedra de la locura. A veces se abismaba en un poema sin fondo, con su lúgubre manía de vivir, con esa particular manera suya de hacer polvo las palabras, de trastocarlas en pulsación dorada, por recrear la alquimia del verbo.
Supo también ser dulce, como el perfume de las violetas sobre la tarde, cuando por divertir la lengua decía como si nada: “no hay pan que por miel no venga”. Se bebe las horas escribiendo hasta volcar la medida de la sed, busca las monedas de oro del sueño y sus caídas en la ranura de la noche. Es la cantora sonámbula que se prueba los mejores atavíos del lenguaje como si fueran ácidos, como si fueran tentáculos con los que abraza al lector y lo sacude en sus descargas.
Se mira en otro espejo que refleja como atroces maravillas su laberinto con trazados de jardín. Pero detrás del aire hay monstruos que beben de su sangre, ella se interroga, se pregunta como quien tira una piedra verde contra la casa de la noche: “Qué haré con el miedo?”
Es la viajera alucinada, una huérfana en su reino de ceremonias puras, que le canta a la sombra y la encanta, la alumbra con sus versos de infanta siempreviva, la toca con el licor de una letra que duele y a la vez la convierte en alba transparente y rosada. Ella sueña niñitas pintadas con tiza, amenazadas por la lluvia a derramarse en anilinas, contra los muros de mero miedo de las condesas más sangrientas, sobre un ángel harapiento, y después te deja así, con una sensación tan psicodelicada, mirando a la princesa en la torre más alta.
Son libros que te leen con los brazos abiertos, donde siempre se puede volver a mendigar fervor. Ella arrancó las estrellas de la noche para hacer ese jardín. Un bosque musical para fundar una morada y habitarlo como un rehén en perpetua posesión.
A 75 años de su nacimiento y casi 40 de su muerte, ella aún se desnuda en el paraíso de sus palabras y sigue viva, con su voz nocturna, a puro fuego cantándole a la ausencia como sólo ella supo, en la despierta memoria de papel que guardan sus libros.

“Son palabras para hacer un fuego, palabras donde poder sentarnos y sonreír”.
 
 
* Texto y fotografía publicados en el Suplemento Cultural del Diario de Ibiza: La Miranda, el 28/10/11

sábado 23 de abril de 2011



El libro

De todo cuanto se ha escrito, yo sólo valoro aquello
que el autor ha escrito con su propia sangre.
Escribe con sangre y comprenderás que la sangre es espíritu.
No resulta fácil entender la sangre ajena; odio a los que leen por pasar el rato.
F. Nietzsche

No me imagino mi vida sin el libro como un objeto cotidiano y a la vez asombroso, como un juguete para emplumar los momentos con mejor fulgor.
Un libro no es algo que pueda caber en onomásticas, sino que más bien tendría que abrirse como un pacto secreto con el amanecer, con los ojos llenos de alma.
Un libro es también una ventana abierta a alguna libertad posible; otro uso del lenguaje para enriquecer nuestro tiempo, la lectura. Gianni Rodari lo dejó bellamente impreso en aquella frase: Todos los usos del lenguaje para todos, no tanto para que todos sean artistas, sino para que ninguno sea esclavo. Hay en el libro, además de esa cajita de papel y sus perfumes, un hombre, una mujer, que nos hablan. La gravitación de una voz que llega a nosotros, que nos indica un camino otro que el que podíamos soñar o imaginar paseando solos.

Como escribe Borges, el libro no es como los demás instrumentos que el hombre haya creado, no es una extensión del propio cuerpo como el teléfono, el microscopio o la espada. Es diferente, se trata de una extensión de la memoria y la imaginación. Así, un libro, un buen libro, puede extender nuestra alegría esencialmente humana, entre palabras y siempre entre otros. Y no se trata de cualquier otro, Emerson llega a decir que una biblioteca es una especie de gabinete mágico. Y que en ese gabinete están encantados los mejores espíritus de la humanidad, pero esperan nuestra palabra para salir de su mudez.
Tenemos que abrir el libro, para que despierten. Dice que podemos hacernos acompañar por los mejores hombres que la humanidad ha producido, pero que a menudo no los buscamos y preferimos leer comentarios, críticas y no vamos a lo que ellos dicen. Ante la pregunta de si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia, Bernard Shaw contestó que todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu. Es decir, que un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. Leer no es tarea fácil, más que leer es necesario dejarse leer por el libro para que ocurra eso otro que es del orden de la novedad. Si lo comparo con algo conocido, si no permito que me arranque de mí mismo y así perderme de vista, quizá no sea leer lo que estoy haciendo, sino caer en un frecuente obstáculo.

Para leer es preciso ejercer algún grado de humildad. Como enseña Pavese: Los libros no son los hombres, son medios para llegar a ellos; quien los ama y no ama a los hombres, es un fatuo o un condenado. Hay que acercarse a esas palabras con el respeto y el ansia con que nos acercamos a una persona predilecta. Un libro es el territorio donde se encuentran el autor y el que lo lee, pero que los trasciende a ambos y siempre va más allá de ellos.

Un libro es como un fuego con dos alas, que alumbra y no se extingue sino hasta la próxima lectura. Es la posibilidad de un encuentro, de una conversación, algunas veces con semejante poder de incandescencia, capaz de reescribirnos la vida con letra perenne, de circularnos como la sangre, de desviarnos definitivamente la mirada en tal sucesión de páginas.

Leer debe implicar atravesar una puerta sin retorno, que nos lleve más allá de nosotros mismos, por así decirlo que nos cambie de tiempo y de lugar. Que nos invite a ese paraíso donde Borges se figuraba bibliotecas y otros dones.
Un libro tendría que ser como un bello paseo en bicicleta pedaleado renglón a renglón, hasta el último mar, donde aún vuelva a florecer la inicial estampa. Hay libros que nos pulsan las cuerdas más hondas, que se descargan en uno como una tempestad, como una fiesta en la estación de los besos, que nos dejan el alma llena de ojos.

* Publicado en el Suplemento Cultural del Diario de Ibiza: La Miranda, el 23/04/11

domingo 20 de febrero de 2011


Para una versión del I Ching
Jorge L. Borges

El porvenir es tan irrevocable
Como el rígido ayer. No hay una cosa
Que no sea una letra silenciosa
De la eterna escritura idescifrable
Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
Es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja
No te arredres. La ergástula es oscura,
La firme trama es de incesante hierro,
Pero en algún recodo de tu encierro
Puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha.

viernes 18 de febrero de 2011



Musa

Hace lunas que no vuelves
a despeinar mi sueño,
a escribirme la piel con tu caricia,
a marearme
con el humo encendido de tu voz,
a hacer alquimia con el miedo
hasta alumbrar
el fuego de los versos.

Hace noches que despierto
con las manos vacías.

Sólo este ramito de silencio.



La hoguera donde arde una
Julio Cortázar, de: La vuelta al día en ochenta mundos

Fue el primero en acusarme de
Sin pruebas y quizá doliéndole, pero había los que
Ya se sabe en un pueblo perdido entre
El tiempo pesa inmóvil y sólo cada
Gentes que viven de telarañas, de lentas
Acaso tienen corazón pero cuando hablan es
¿De qué podía acusarme si solamente habíamos
Imposible que el mero despecho, después de aquella
(Tal vez la luna llena, la noche en que me llevó hasta
Morder en el amor no es tan extraño cuando se ha
Yo había gemido, sí, y en algún momento pude
Después no hablamos de eso, él parecía orgulloso de
Siempre parecen orgullosos si gemimos, pero entonces
¿Qué memoria diferente tendrá el odio que sigue al
Porque en esas noches nos queríamos más que si
Bajo la luna en las arenas enredados y oliendo a
(Lo habré mordido, sí, morder en el amor no es tan
Nunca me dijo nada, sólo atento a
Me perfumaba los senos con las yerbas que mi madre
Y él, la alegría del tabaco en la barba, y tanta
Nunca llovió cuando bajábamos al río, pero a veces
Un pañuelo blanco y negro, me lo pasaba despacio mientras
Nos llamábamos con nombres de animales dulces, de árboles que echan
No había fin para ese interminable comienzo de cada
(Lo habré mordido mientras él clavado en mí me
Siempre en algún momento se mezclaban nuestras voces si
Podría haber durado como el cielo verde y duro encima de mis
¿Por qué, si abrazados sosteníamos el mundo contra
Hasta una noche, lo recuerdo como un clavo en la boca, en que sentí
Oh la luna en su cara, esa muerta caricia sobre una piel que antes
¿Por qué se tambaleaba, por qué su cuerpo se vencía como sí
-¿Estás enfermo? Tiéndete al abrigo, deja que te
Lo sentía temblar como de miedo o bruma y cuando me miró
Mis manos lo tejían otra vez buscando ese latido, ese tambor caliente y
Hasta el alba fui sombra fiel, y esperé que de nuevo
Pero vino otra luna y nos tocamos y comprendí que ya
Y él temblaba de cólera y me arrancó la blusa como
Lo ayudé, fui su perra, lamí el látigo esperando
Mentí el grito y el llanto como si de verdad su carne me
(No lo mordí ya más pero gemía y suplicaba para darle la
Pudo creer todavía, se alzó con la sonrisa del comienzo, cuando
Pero en la despedida tropezó y lo vi volverse, todo mueca y
Sola en mi casa esperé abrazada a mis rodillas hasta
El primero en acusarme fue
(Lo habré mordido, morder en el amor no es
Ahora ya sé que cuando llegue la mañana en que me
Le faltará valor para acercar la antorcha a los
Lo hará otro por él mientras desde su casa
La ventana entornada que da sobre la plaza donde
Miraré hasta el final esa ventana mientras
Lo morderé hasta el fin, morder en el amor no es tan

miércoles 19 de enero de 2011


Si

Si no huyo del abismo
del amor.

Si no caigo donde despeñan plumas
las alas mutiladas.

Si aún tiemblo.

Si espero sin esperanza
y escribo
los bordes de este abismo interminable.

Si me sostengo al filo
de esta copa sin fondo.

Llegará la estación de los besos.
Florecerán las fiestas en tu piel.


Cuento

De: Carilda Oliver Labra

Yo era débil,
rubia, poetisa, bien casada.
Tenía deudas
y una salud de panetela blanca.
Hicimos una casa pobremente,
muchas ventanas:
para enseñar nuestros besos a las nubes,
para que el sol entrara.
La casa era tan bella
que tú nunca dormías.
Ya no eras abogado ni poliomielítico
ni nada.
Nunca dije:
¿cuándo vas a poner esa demanda?
porque yo tampoco
cocinaba.
Fueron días
como no quedan otros en las ramas.
Yo me empeñaba en sembrar algo en el patio:
tus gatos lo orinaban,
pero era tan feliz que no podía
decir malas palabras.
Ay, una tarde…
(Septiembre tomó parte en la desgracia),
Ay, una tarde
(Dios estaría sacando crucigramas);
ay, una tarde
pusiste tantas piedras en mi saya
que desde entonces
ando inventándome la cara.
El cuchillo
tenía la forma de tu alma;
yo quería ser otra, hablar de las estrellas
(sobraron noche y cama).
Yo me empeñaba en sembrar algo en tu pecho:
tus gatos lo orinaban,
y era tan infeliz que no podía
decir buenas palabras.
Tarde en otoño.
Miré las sábanas amargas,
el jarro de la leche,
las cortinas,
y el crepúsculo me convirtió en su mancha.
(Yo era un clavel podrido de repente,
un canario botado).
Con empujones que lo gris me daba,
entre temblores,
volví a la falda
de mi madre.
Pasaron tantas cosas
mientras yo me bebía la soledad a cucharadas…
Un viernes
-un viernes en que tu olvido me enterraba-
llegué a la esquina
de la casa.
Estaba allí como una tumba diferente,
se veía otra luz por las ventanas.
Tuve miedo de odiar…
(Ya era hasta mala).
Pasaron tantas cosas;
el tiempo fue cosiendo mi mirada.
Ahora no pueden asustarme con los truenos
porque la luz me alza.
Ahora no pueden confundirme con un libro.
Soy la palabra recobrada.

¡Ríanse,
agujas que en mi carne se desmandan;
ríanse,
arañas que me tejen la mortaja;
ríanse,
que a mí, también, carajo, me da gracia!

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